martes, 25 de marzo de 2008

NENE, NENE QUÉ VAS A SER CUANDO SEAS GRANDE... (sobre la base de la interrogante: ¿para qué enseñamos?)

Con tan sólo cuatro años en este mundo, Matías debió deshacerse de sus cobijadoras sábanas temprano en la mañana. El furgón de coloración amarilla en los venideros minutos se alzaría en la puerta de su hogar, por lo que las acciones debían ser concisas. Ducha, impecable vestir y desayuno nutritivo fueron la tónica. Todo listo para adelantarse a la bocina del vehículo, salvo su ánimo de infante. ¿Qué quieres que haga?, preguntó mamá. Debes acostumbrarte, para que cuando trabajes no tengas problemas.

Y la cadena continúa. Ya no basta con los otrora doce años de educación obligatoria. Pre Kinder y Kinder son casi obligatorios en nuestros retoños. A contar de ese momento, gran parte de la infancia e ingenuidad comienza a ser arrebatada. El objetivo: instrucción para afrentar el futuro. O si se prefiere bajo las mismas palabras del Marco Curricular del MINEDUC: “ofrecer a alumnos y alumnas unos conocimientos, unas habilidades y unas actitudes, relevantes para su vida como personas, ciudadanos y trabajadores, así como para el desarrollo económico, social y político del país”. La función de nuestros Establecimientos Educacionales no es otra que replicar los valores y contenidos que, según consenso, las futuras generaciones deben adquirir. Ello va mucho más allá de que todos los alumnos consuman las mismas materias; está la intención implícita de establecer normas, caracteres y perspectivas en ellos. Eso que Paulo Freire agrupa bajo el nombre de “currículum oculto”. Y en ese proceder, es el propio Profesor quien desempeña la labor fundamental, pues es el transmisor de los Objetivos, quien dejará la impronta al tener todo en su poder. Es ahora cuando puedo captar la frase de uno de nuestros académicos universitarios: “ustedes, futuros docentes, son guerrilleros. Tienen una metralleta en sus manos”. De éste “intermediario” depende la orientación de las clases y la consideración hacia quienes están en los pupitres.
La interrogante es clara, al igual que su respuesta. La meta no es otra que enmarcar a los aprendiendo dentro de un modelo establecido por la política y economía dominante, con la finalidad que todos adquieran lo que la sociedad de ellos necesita. Enseñamos para desarrollar las competencias que los puedan hacer fuertes, necesarios y sobrevivientes en el grupo humano. Luego del respectivo periodo escolar deberán escoger una ruta y para eso han de estar impregnados con lo aportado en el aula. Todo se traduce en promedios calificativos, una especie de contraseña para cruzar el umbral esperado. Platón en la Grecia Antigua nos configura un modelo educativo cuyo fin es buscar los ejecutores de la sociedad, con los labradores, guardianes y filósofos. Hoy es prácticamente lo mismo, con la gran diferencia estampada por la Revolución Industrial en torno a educar técnicamente y en forma masiva (en Grecia la Educación era de elite) para sentar las herramientas que los jóvenes utilizarían en su vida laboral. He ahí al célebre Miguel Mateos con su hit ochentero: “Nene, nene qué vas a sercuando seas grande...”. De antemano haz de configurar lo que se avecinará.
Eso sí, y como en todo ámbito de cosas, no todo está dicho. Dijimos ya el gran poderío con que el pedagogo cuenta. De nosotros dependerá cambiar un tanto el curso de las aguas. ¿Por qué remitirse a que las generaciones que pasen por nuestras manos sean meros receptores? Hemos de desarrollar entes pensantes, sobre todo si se trata de nuestra cátedra. Está bien, somos parte de un sistema y ante eso es difícil combatir, pero contamos con privilegios frente al resto. Es mucho más sabroso, vocacional y satisfactorio el preparar adolescentes capaces de responderle a sus hijos el porqué de la venida de Colón o que, básicamente, tomen conciencia del político por quien votan. Que el consumismo desenfrenado o la individualidad resten su importancia, tendrá como gran resorte la labor pedagógica.
Se trata, entonces, de no sólo cumplir con los contenidos para hacerlos parte de este engranaje imparable, a la vez de trabajar con seres para lograr verdaderas personas, capaces de dirimir y convivir en sociedad.

sábado, 15 de marzo de 2008

CÓMO HEMOS CAMBIADO… (Sobre la base de la interrogante: ¿Cómo ves el proceso de enseñanza-aprendizaje?)

Comidas familiares, asados con los amigos, reuniones sociales… frecuentes ambientes en los que se gesta conversación en torno a temas educativos. Los, para algunos, inalcanzables Normalistas ocupan gran parte del tiempo dedicado a ello. Con morriña se retratan la rectitud de sus clases, el monólogo frente al alumnado o los, muchas veces, inconcebibles castigos. Sus largos años de protagonismo en los Establecimientos nacionales aún dejan impronta en quienes ocuparon filas dentro de sus rebaños. Es que aquellas ovejitas obedientes hoy son nuestros progenitores, esos que reclaman ante la falta de respeto del alumnado y, contrariamente, no aceptan la imposición del docente. ¿De qué hablamos, entonces?

“Cómo hemos cambiado…”, decía un clásico tema español de los 90`s. La figura de una especie de jefe con su espalda hacia el pizarrón ya ha quedado en el olvido, producto de la saturación que ejerció. Hoy nos referimos a un “guía”; el profesor contemporáneo ha de reconocer la cierta independencia de sus pupilos, los que gracias a la era comunicacional en que se desenvuelven poseen un conocimiento previo mayor y un desplante décadas atrás inimaginado. Bajo ese prisma, el desarrollo de la clase debe gestarse en la interacción cercana con los muchachos, entendiendo que no son meros oyentes y receptores, sino que potenciales argumentadores y cuestionadores. Las aulas sin trabajo en grupo, discusiones colectivas o sin “lluvias de idea” ya pertenecen a otrora época. Así, el proceso enseñanza-aprendizaje se nos torna mucho más efectivo, pues los adolescentes acogen de mejor manera los contenidos, entendiendo que la asimetría es la pertinente y no abusiva. Todo ello se sustenta en los Marcos Curriculares contingentes con gran alusión a los Derechos Humanos, lo que no implica el gran error de creer que a los adolescentes ni siquiera podemos afrentarlos, con los llamados “traumas” que podrían producirse. Ha de ser un aula con los comportamientos mutuos pertinentes.

No debemos olvidar la constante preocupación del “profe” por respetar las mallas, unidades o cumplimiento de las solicitudes de los libros. Éste ha de desarrollar una labor con criterio, es decir, adaptarse a las exigencias o al contexto de la masa de los imberbes. Pasar por pasar la materia no tiene finalidad, más aún si es fáctica en abundancia. Debe ser tratada eficazmente para que así la retención de ella logre resultados en los futuros rendidores de PSU y, por sobre eso, ciudadanos capaces de dirimir y razonar. Fechas, nombres o lugares citados en demasía no harán más que perturbar y llenar hojas. En cambio, establecer diferencias entre etapas históricas o remarcas los pasos de una a otra nos harán un profesor de HYG mucho más cercano.

Cambios constantes son la tónica en nuestra contemporánea Educación. Apertura en la simetría, pero sobrecarga en los contenidos. Lograr el consenso es el desafío. Apoyarlo con motivación anímica, espléndido. No me refiero a un par de clases semestrales de orientación; que quienes estén frente a ti observen tu deleite profesional.

sábado, 8 de marzo de 2008

¿Qué características, según mi opinión, debe tener una buena clase de Historia y Geografía?

El nerviosismo cundía entre todos. Mal que mal habíamos alcanzado la adolescencia minutos antes, cuando la pubertad le cedía el paso. Dejamos de ser los mayores, para comenzar a sentirnos proclives e indefensos una vez más. Ingresábamos a Primer Año Medio, aquel instante en que la vida te obliga a ser más fuerte y mejor; inicias el camino a la adultez, y tu mayor desafío es demostrar con un promedio de cuatro elementos que lograste una PSU correcta que te abra las puertas a un horizonte anhelado.
Recuerdo que la mayoría comentaba la división de Ciencias Naturales (nombre de aquel entonces) en Física, Química y Biología; o lo difícil que sería afrontar álgebra y geometría reunidas en Matemática. Pero, ¿qué pasaba con Historia y Geografía? Los comentarios asignados la calificaban de fácil, que, prácticamente, era igual que en Educación Básica, en fin. Claro, acusaciones a priori, no obstante, compuestas, en gran medida, por los dichos de hermanos mayores, amigos o conocidos.
La primera clase de esta, para mí, fundamental asignatura no podía posarse de mejor manera en el horario: lunes y miércoles a contar de las ocho de la mañana. Hora en que el alumnado se encuentra fresco y psicológicamente más abierto, según propios especialistas. Nuestro docente ingreso al aula la primera mañana de la semana con un maletín en la mano, revestido su cuerpo de un formal gris y serio rostro a prueba de insolencias. Ingresaron fácilmente a su sueldo dos horas pedagógicas sin mayor esfuerzo. Entrevistas personales a viva voz, y un breve recorrido oral por lo que sería la materia a tratar en el semestre fueron la tónica. Aceptable como primer contacto. Suponía que la del miércoles y las venideras cátedras tendrían un sabor especial. Sin embargo, no fue así. El encantamiento con la masa no llegaba; más de algún bostezo, solicitudes continuas para recurrir al baño y repetidas interrupciones de mis coetáneos hablaban de ello. Debía hacerse una cirugía inmediata. De hecho, los mismos pupilos lo solicitábamos al profesor. Mas su mandato ejerció. Si hay una gran ventaja respecto de quienes imparten la Historia y Geografía con el resto de sus colegas de otras áreas, es que está la capacidad de abrir un poco más la mente, percibir que los tiempos cambian y con ellos las personas. Ese fue el gran detalle que este hombre olvidó en los pasillos de la universidad.
Hemos de reconocer que habitamos en la era de las comunicaciones, aquella que es heredera de la revolución de las ciencias. Las cifras y las fórmulas son lo que hoy comandan, no sólo por el hecho que con ellas logras materia fáctica y tangible, sino también dado que tu entrada económica será mucho mayor. Contrariamente, las letras y la cultura serán un bloque de segundo grado, a estudiar como aporte a la vida una vez alcanzadas las metas forjadas en el otro lado. Entonces, si a sabiendas de eso nos paramos frente a una manada de imberbes y no hacemos nada por contrarrestar sus efectos, ¿podremos tener la facultad de preguntarles el porqué no se callan? El pedagogo humanista debe manejar una serie de tácticas con el fin de cambiar el típico discurso que dice relación con que estudiar algo de esta área en la Enseñanza Superior es en respuesta a no haber obtenido un buen puntaje. Su misión es inculcar algo que en estos tiempos olvidamos: vocación, ante todo. Entonces, una buena clase de HYG se estructura tal como un árbol frutal. El primer contacto con los aprendiendo ha de ser el abono que depositaremos sobre la tierra fértil a plantar; un rostro fresco, un saludo espontáneo, un caminar seguro, acompañados ellos de una vestimenta pertinente al ejercicio de la pedagogía, pero acorde con los nuevos tiempos. Eso les dejará en claro que “este (a) viejo (a) vive en el mismo mundo”. Hay que estar atentos a sus conversaciones, lo que les inquieta. Tener un poco de conocimiento de sus temas, de su música, de sus ídolos; es fundamental a la hora de generar un recto tronco. Ahora, si la materia del educador va más allá de su propia área, menores serán las inclemencias que logren doblegar aquel madero. Por lo tanto, nos referimos a un holístico conocimiento, no necesariamente enciclopédico. Esos elementos son trascendentales al arrancar una clase, los que se favorecen con “lluvias de ideas”, repaso de la materia y una ubicación espacio-temporal a través de una línea de tiempo. Sobre esa base nacerán las ramas del vegetal, compuestas por una entusiasta exposición de materia, intentando una participación continua de los muchachos. Traer la información a estos tiempos será vital para que se contextualicen. Las hojas darán la belleza a este arbusto. Claro, pues el uso de data-show, transparencias y un conjunto de programas educacionales, captarán aún más su atención. Por último, para ver crecer un correcto fruto sobre sus copas, deberemos alimentar las raíces con disciplina, respeto, responsabilidad y los valores que cada generación, como humanos que somos, necesita.
Una correcta cátedra, no sólo de Historia y Geografía, no se sustenta sobre la base de rigidez e imposición que aprendimos de los otrora normalistas. El contacto continuo, más allá de la sala, es vital. Por algo se les califica de adolescentes, pues adolecen. Y nosotros debemos ser quienes les aportemos para mirar el mundo de otra manera, por medio de una consistente enseñanza de nuestra rama, fortificada con una nutritiva humanidad.