sábado, 26 de abril de 2008

NUTRICIÓN + SABOR= EL PLATO ESPERADO

(Sobre el tema: ¿Qué significa para ti enseñar didácticamente?)

Al momento de realizar un sondeo entre quienes hoy cursan la ya obligatoria Enseñanza Media y aquellos que en antaño ocuparon sus filas, seguramente, la tendencia dirá que Historia y Ciencias Sociales es la cátedra más “latosa” y aburrida del Programa. Comentarios directos: “es que el profesor habla, habla y habla”, “son tantas fechas y nombres, que uno al final se confunde”. Miles y miles de frases que por generación se traspasan, negándole una imagen atractiva y afable a nuestra futura profesión.
El choque se producirá de inmediato, pues los ejecutantes de la materia cegarán su mirada, afirmando que el estudiantado es quien posee la culpa producto de su alta negatividad y falta de compromiso con el colegio o liceo. Precisamente, es ese el punto que debemos atacar, el meollo mismo del asunto: la discordancia entre lo planteado por ambos actores. Si echamos un vistazo al texto más vigente de la RAE, ésta nos dirá que el término “didáctico” dice relación con lo “adecuado para enseñar o instruir”. Entonces, el hecho de enseñar didácticamente sentará sus bases en que sea pertinente y apropiado. Cuando la clase diseñada adquiere esos calificativos se traduce en que tiene directa relación con los aprendiendo, esos por los cuales se realiza. Y que posea conexión implica la tarea del pedagogo de acercarles los contenidos mediante la captación de su propia realidad, todo ello con la finalidad asumida de acaparar su atención. Obviamente, el que estén atentos no atiende a que sean meros espectadores de un espectáculo ni mucho menos, sino participantes activos de una cátedra correctamente elaborada y sustancial, pero estructurada con matices hospitalarios de fácil digestión (presencia de humor, vincular la materia con ejemplos de la vida real…). Algo así como una nutrida ensalada de verduras acompañada del sabor necesario para su consumo otorgado por los condimentos apropiados. Los pasos para llegar a este plato pasarían por manejar los códigos de quienes están en los pupitres para así obtener la interacción que toda labor educativa humanista necesita. Ese nexo constante de opiniones y acotaciones irá en la línea de un claro para qué enseñamos, es decir, que lo referido en la sala de clases tenga una finalidad en el contexto de la contemporaneidad. En pocas palabras, alcanzar el aprendizaje significativo que Ausubel tanto nos habló. El uso se recursos alusivos y seductores acrecentará un desempeño positivo: mapas geográficos y conceptuales, fotografías, esquemas, etc.
Lo realmente válido, más allá de todo lo que los libros y teorías extranjeras aprendidas en la Universidad nos relaten, es que el joven se sienta llamado a asistir a clases, no por una obligación porcentual para aprobar el curso, más bien por una cuota de interés, de saber que lo tratado en esas cuatro paredes no serán simples palabras al boleo, al contrario, herramientas para enfrentar el mundo de hoy y el que se avecinará.

martes, 15 de abril de 2008

EL 220 LO DICTÓ: CONDUCTA NEGOCIADA

(en relación al planteamiento: ¿Cómo promover un ambiente adecuado para el aprendizaje?)

Constantes y casi unísonas son las quejas de un gran número de futuros colegas respecto a la dificultad para desempeñar su labor educativa en medio de inquietos adolescentes. Pronunciamientos en torno a la escasez de su silencio, movilidad sin sentido (pararse y desordenar)… aspectos que poco a poco menoscaban la alta vocación con la que ingresaron a su Escuela de Pedagogía.

Entonces, ¿qué sucede? Podríamos atribuir sin más la responsabilidad de los hechos señalados a la diferencia entre los jóvenes de ayer y de hoy (típico discurso adulto) o a la flexibilidad del Marco Curricular en cuanto al exceso de derechos por sobre los deberes (información tergiversada si miramos en detalle el Decreto Supremo 220). Pero lo cierto es que una gran cuota de autoría en el tema la poseen los propios portadores del discurso, los profesores, quienes con su proceder diseñarán, en gran medida, el contexto bajo el cual han de ejercer.

Debemos concebir que un ambiente adecuado para el aprendizaje es aquel vinculado a un silencio pertinente, sobre la base del respeto que toda interacción humana necesita. El lograrlo y hacerlo eficaz es el punto que hoy nos invita a esta argumentación. Y es que partiendo de la raíz misma, nos percataremos del vital y primario rol del docente en este punto. Captar la atención de los pupilos es fundamental. Quizás la innatez sea la manera más básica de obtenerla, pero ciertas conductas o acciones nos facilitarán la tarea. La legislación educacional vigente promociona una “conducta escolar consensuada”, en el sentido que tal como el instructor se comporte, el aprendiendo lo hará; la puntualidad del primero diseñaría la de los segundos, por ejemplo. En pocas palabras, los alumnos serán el fiel reflejo del “profe”. Por lo tanto, si queremos respeto hacia nosotros, demostremos, primero, la tolerancia y aceptación hacia ellos. Me refiero a conocerlos, acercarnos a sus códigos. De esta forma, nos sentirán captadores de su realidad. Con ello, el diálogo se tornará mucho más ameno y proxémico, obteniendo lo que debemos realmente buscar al momento de insertarnos en cualquier sala de clases: aprendizajes significativos.

A fin de cuentas, se trata, simplemente, de fijar un clima de entendimiento y razón, actuando con persuasión y trato humanitario, lejano a la doctrina de terror y pánico. Eso sí, la asimetría entre uno y otro sujeto ha de mantenerse, obviamente alejados del protagonismo del pedagogo de antaño, pues, mal que mal, son jóvenes en etapa de descubrimiento y carentes de las reglas delimitantes que toda persona debiese poseer para habitar perfectamente en sociedad. Tal jerarquía, si se le desea llamar así, hallaría su sustento en la demostración de sabiduría (no entendiéndola como Paradigma Técnico) del preceptor y del respeto que este expulsase. Acompañado todo ello por una vestimenta pertinente, etc.

No intentaremos encallar en un puerto de gélida pedagogía medieval, sino más bien en uno de interacción que prepare la base para el futuro social que les espera. Tal vez un aula estética y bien acompañada de mapas y gráficas educativas les configuraría una mirada al entorno un tanto más cálida.

sábado, 5 de abril de 2008

DISCIPLINA = MORALIDAD ≠ CASTIGO Y TERROR

(en torno al cuestionamiento: ¿Qué significa la disciplina dentro del aula?)


Resabios aún conservan nuestros mayores respecto a la dura aplicación pedagógica por parte de los otrora Normalistas. Recuerdos que salen a flote en la más increíble de las conversaciones, más allá del contexto en el que se entablen. Con una extraña fusión de morriña y enfado relatan los estrictos castigos que debían correr si su conducta no decía relación con la imponente orden del sabio que frente a ellos se hallaba. Es que el profesor de antaño, además de instruir académicamente en forma “depositaria”, en palabras de Paulo Freire; debía legar una conducta moral y social intachable. Cualquier movimiento fuera de normas, susurros inesperados, excesos de protagonismo de los adolescentes… debía ser fuertemente sancionado. Parado en la esquina de la sala de espaldas hacia sus compañeros, otros soportando un ladrillo en las manos, etc; eran tan sólo un par de “medicinas”.

Despóticas medidas y proceder a nuestro parecer. Y, claro, imposible entenderlo de otra manera dado el espacio temporal pedagógico y social que habitamos, muy distante de aquel positivista y militar de las Escuelas Normales. Una fuerte apelación a los Derechos Humanos y el desarrollo íntegro del alumnado son conceptos clave en el Marco Curricular chileno desde iniciado el retorno a la “democracia”. Ya no concebimos un estudiante quieto y mero receptor de contenidos, sino un participante activo y co-productor de la clase. Es el gran desafío que el docente debe asumir. El escollo está en cómo lograr que aquella masa de imberbes (en la mayoría de los casos, superior a cuarenta) sea parte íntegra del espectáculo sin que caigan en el aprovechamiento de sus garantías. Si bien las normativas dictan un respeto hacia éstos, jamás han hablado de una ausencia de orden por parte del “guía”. La línea de conducta del educador ha de ser paralela a la del comportamiento de sus aprendiendo, pues al llamarlos “adolescentes” hacemos referencia a su adolecer moral, el que, querámoslo o no, será considerablemente suplido por el reflejo de su mayor. Si la puntualidad es característica de su preceptor, le resultará menos complicado el también efectuarla.

Entonces, hablado ya el primer punto (conducta juvenil es un importante reflejo de la su profesor) debemos ahondar en el concepto mismo que mueve la interrogante que nos trae hasta acá: DISCIPLINA. A primera vista, la mayoría de las opiniones la vincularía con rasgos militares y el seguimiento de rígidas normas. Pero la concepción de la RAE es un tanto divergente: “Doctrina, instrucción de una persona, especialmente en lo moral”. Por ello, el hecho que un pedagogo administre disciplina, no ha de significar que ejerza una dictatorial “justicia por sus manos”, como se tendería a pensar. Es más bien el traspasar valores y conductas necesarias a los púberes para su desenvolvimiento social. Hablamos de respeto en la atención del otro, solidaridad entre los pares, responsabilidad con lo acordado. En fin, la labor del “profe” pasará por crear, en su función de conductor, un ambiente necesario para revisar los contenidos. Ello no sobre la base de condicionamiento clásico acérrimo, sino de consenso grupal, logrando captar la realidad de sus aprendiendo para luego estipular la mejor manera de proceder con ellos (códigos, actividades…) y así establecer un aula nutrida de agrado y valoración del uno por el otro.

Disciplinar, nebuloso término que a más de un colega ha de confundir, trasladándolo a un planeta de refuerzo y castigo, lejano al ideal de comunidad. Porque lograr disciplina no es generar pánico ni temor, es entregar a las futuras generaciones aquel abono que los hará más fértiles como seres y personas; transformar la realidad de pupitres y pizarrón en una cámara de lo venidero en sociedad, dejando de verlos como futuros hombres-máquina, porque aquel futuro ciudadano no vivirá de aceite ni carbón, pero sí de entendimiento y razón.